dimarts, 5 de desembre de 2017

Ciudades postizas. El “centro histórico” como falsificación

Foto de autor anónimo, publicada en https://www.tripadvisor.es/Attraction_Review-g304559-d2386847-Reviews-Centro_Historico-Olinda_State_of_Pernambuco.html
Artículo publicado en  g + c : revista de gestión y cultura, Nº 2 ,noviembre/diciembre de 2009

CIUDADES POSTIZAS
El “centro histórico” como falsificación
Manuel Delgado
       
Las políticas de rehabilitación de los centros para hacer de ellos “centros históricos” en un buen número de ciudades del mundo aparecen asociadas, hoy, a un conjunto de procesos de amplio espectro, relacionados a su vez con distintas dinámicas de globalización económica, política y cultural. Por un lado, esas actuaciones de reconversión de cascos antiguos, que intercalan grandes instalaciones culturales –museos, centros de cultura, universidades...– confiados a arquitectos-estrella, se ponen al servicio tanto de políticas de legitimación simbólica de los poderes del Estado –cada vez más dependientes de las puestas en escenas grandilocuentes, propias del neobarroco– ante la propia ciudadanía, como de iniciativas de gentrificación, es decir de reasentamiento de clases medias y altas en núcleos urbanos debidamente adaptados, con lo que esto conlleva de expulsión-exclusión de los sectores populares que hasta entonces habían encontrado en ellos un último refugio. Además, esas remodelaciones son el eje de campañas de oferta de ciudad, en ciudades inmersas en dinámicas de terciarización, ciudades que lo único que pueden ofrecer –cabría decir simplemente vender– es su propia imagen debidamente simplificada, convertida en un mero logotipo o marca capaz de atraer a ese turismo ávido de emociones y sensaciones que las agencias les han vendido y las guías de promoción le han anticipado en tanto que “culturales”.
           
Así nos encontramos ante políticas públicas y privadas –unas y otras actuando de manera coordinada– destinadas a satisfacer las crecientes demandas de consumo cultural, por parte de un público turistizado, que no sólo está constituido por los turistas propiamente dichos, sino por los propios habitantes, que son considerados y tratados como si fueran turistas en su propia ciudad. Se propician entonces intervenciones que convierten zonas enteras del tejido urbano en escenarios artificiales destinados a representar lo que el promotor político-empresarial quisiera y el turista-ciudadano espera que fuera una determinada ciudad. Para ello, los centros urbanos pueden ser objeto de tematización, en el sentido que Niklas Luhmann daba al término en orden ara conceptualizar la reducción a la unidad de que una determinada realidad puede ser objeto, con el fin de reducir sus índices de complejidad y orientar su percepción en un sentido homogéneo y compartible. Ni que decir tiene que tematización no es sólo sometimiento de la vida social a una simplicidad representacional inspirada en lugares comunes que son permanentemente enfatizados, sino también monitorización, es decir control a distancia de las conductas que en tales escenarios deben desarrollarse.

Esas zonas urbanas –a veces ciudades enteras– tematizadas son pura fachada, una fachada tras la cual no suele haber nada, como tampoco lo hay alrededor. En torno a los edificios y los monumentos de los centros urbanos museificados sólo hay turistas durante el día y, claro está, el Poder, que escoge con frecuencia esos barrios enaltecidos para establecer su domicilio social. De noche, nada o poco. Esos espacios son espacios al mismo tiempo fantásticos y fantasmáticos. Estamos ante la apoteosis de lo que Henri Lefebvre llamaba espacio abstracto, espacio de representación y representación de espacio, espacio no practicado, simulación tramposa, cuya trampa reside precisamente en su transparencia.  El trabajo del plan sobre la vida alcanza de este modo la apoteosis de un falso sometimiento de la incertidumbre de las acciones humanas, a raya las potencias disolventes que conspiran bajo lo cotidiano, dotando de perfiles claros aquello –lo urbano– que en realidad no tiene forma ni destino.
            
En tanto que gigantesco artefacto de apaciguamiento, la lógica de la ciudad-monumento no es muy distinta de la que organiza y ofrecen los modernos centros comerciales, islas de ciudad ideal en el seno o en los márgenes de la ciudad real, en las que, sin problemas, bajo la atenta vigilancia de guardias jurados, el paseante puede abandonarse al disfrute del ocio entendido como consumo. Lo que se le brinda al turista en esa reserva natural de la Verdad que es un centro histórico-monumental es precisamente una constelación ordenada de elementos que se ha dispuesto para él –sólo para sus ojos– y que configura una verdadera utopía, es decir un montaje del que han sido expulsados los esquemas paradójicos y la proliferación de heterogeneidades en que suele consistir la vida urbana en realidad. Desactivado el enmarañamiento, expulsado todo atisbo de complejidad, lo que queda es una puesta en escena que constituye justamente eso: una utopía, es decir, un lugar de ningún sitio, una realidad que no existe de verdad más allá de los límites de su farsa, pero a la que se le concede el deseo de existir bajo la forma de lo que no puede ser más que una mera parodia de perfección.
           
La ciudad monumentalizada existe contra la ciudad socializada, sacudida por agitaciones con frecuencia microscópicas, toda ella hecha de densidades y espesores, acontecimientos y usos no siempre legítimos ni permitidos, dislocaciones que se generalizan... Frente a todo eso, la ciudad o el fragmento de ciudad se ve convertida así, de la mano de la monumentalización para fines a la vez comerciales y políticos, en un mero espectáculo temático para ser digerido de manera acrítica por un turista sumiso a las directrices del plano o del guía. Deviene así por fin unificada, dotada de sentido a través de una manipulación textualizadora que no puede ser sino dirigista y autoritaria. De ahí los conjuntos arquitectónicos, los edificios emblemáticos, las calles peatonalizadas en que sólo hay comercios para turistas. Espacios acotados por barreras invisibles en que –como ocurre en ciertas instalaciones hoteleras de primera línea de playa– el turista sólo se encuentra con otros turistas, en escenarios de los que el habitante se está batiendo en retirada o ha sido expulsado ya. Es por ello que la monumentalización de las ciudades está directamente asociada al lado carcelario de toda urbanística, a su dimensión siempre potencialmente o fácticamente autoritaria. La fanatización del resultado de esa voluntad de ciudad feliz resulta, entonces, inevitable, en la medida que la concepción que proyecta –que vende, bien podríamos decir– no puede tolerar la presencia de la mínima imperfección, ni mucho menos la miseria, las contradicciones, el conflicto y las luchas que cualquier ciudad viviente no deja de conocer o producir.
            
La ciudad o el centro “históricos” constituyen pues intentos de triunfo de lo previsible y lo programado sobre lo casual y lo confuso. Las políticas destinadas al turismo de masas vienen entonces a reforzar la lucha urbanística y arquitectural contra la tendencia de toda configuración social urbana al embrollo y a la opacidad, en nombre de la belleza y la utilidad. Solivianta la misma evidencia no sólo de las desigualdades, las agitaciones sociales, las marginalidades más indeseables que emergen aquí y allá en torno a la paz de los monumentos, sino de la propia impenetrabilidad de la vida urbana que les obliga a procurar que los turistas no se desvíen nunca de los circuitos debidamente marcados para ellos, puesto que en sus márgenes la ciudad verdadera no deja nunca de acecharles. Fuera de los hitos que brillan con luz propia en el plano que el turista maneja, un poco más allá, no muy lejos de las plazas porticadas, las catedrales, los barrios pintorescos..., se despliega una niebla oscura a ras de suelo: la ciudad a secas, sin calificativos, plasmática y extraña, crónicamente inamistosa. Eso es lo que el turista no debe ver: lo que hay, lo que se opone o ignora el sueño metafísico que las guías prometen y no pueden brindar: una ciudad transparente y dócil que, quieta, indiferente a la vida, se pavonea estérilmente de lo que ni es, ni nunca fue, ni será.

La ciudad monumental, perfecta en la guía y en el plano, pseudorealidad dramatizada en que se exhibe la ciudad imposible, dotada de un espíritu en que se resume su historia hecha palacio y castillo, perpetuamente ejemplar en las estatuas de sus héroes, anagrama morfogenético que permanece inalterado e inalterable. Una ciudad protegida de sí misma, es decir, a salvo de lo urbano y de los urbanitas. Lo que podría llegar a ser si se lograse descontarle la informalidad implanificable e improyectable de las prácticas sociales innumerables que el planificador y el promotor-protector de ciudades conocen y que nunca acaban de entender del todo. El monumentalizador se engaña y pretende engañar al turista, haciéndole creer que en algún sitio –allí mismo, por ejemplo– existen ciudades concluidas, acabadas, cuando se sabe o se adivina que una ciudad viva es una pura formalización ininterrumpida, no-finalista y, por tanto, jamás finalizada. Toda ciudad es, por definición, una historia interminable.



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