dimecres, 31 de gener de 2018

La calle como espacio ritual

La foto es de Anthony Kurtz
Fragmento del capítulo "Tomar las calles", en Jofre Padullés y Joan Uribe, eds. La danza de los nadie. Pasos hacia una antropología de las manifestaciones. Bellaterra, Barcelona, 2017. 


LA CALLE COMO ESPACIO RITUAL

Manuel Delgado

La actividad movilizatoria implica utilizaciones excepcionales de la retícula urbana, en las que el caudal habitual que corre por sus canales experimenta alteraciones de medida o de contenido y provoca movimientos espasmódicos de dilatación o de oclusión. Se trata de auténticas coaliciones peatonales, en el doble sentido de que están conformadas por peatones y peatonalizan el espacio que recorren o en que se detienen. Es en estas oportunidades que el papel protagonista del transeúnte obtiene la posibilidad de alcanzar niveles inusitados de aceleración y de intensidad, como si recibiese de pronto una exaltación en reconocimiento de su naturaleza de molécula básica de la vida urbana, al mismo tiempo que le permite una justa –por mucho que momentánea– revancha por todas las desconsideraciones de que es constantemente víctima. Se trata de episodios en los que ciertas vías, por las que en la vida cotidiana se pueden observar los flujos que posibilitan la función urbana, ven modificado de manera radical su papel cotidiano y se convierten en grandes zonas peatonalizadas consagradas a prácticas sociales colectivas de carácter extrordinario. Retomando la vieja analogía cardiovascular deberíamos hablar de arritmias, alorritmias, taquicardias, es decir rupturas de la por otro lado falsa regularidad habitual que, como la red de canales urbanos, parece experimentar el sistema sanguíneo.

En estas oportunidades excepcionales los viandantes desobedecen la división funcional entre la acera a ellos destinada y la calzada y ocupan ésta de manera masiva, congestionando una vía habitualmente destinada al tránsito rodado, llenándola con un flujo humano excepcional de individuos que marchan o permanecen quietos de manera compacta, ostentando una identidad, un deseo o una voluntad compartidas, fundando totalidades compactas relativamente distinguibles en ese ámbito de exposición y visibilización que es la calle

La acción colectiva en lugares públicos, es decir la movilización, concreta la predisposición de la vía pública para devenir espacio ritual. Como se sabe, un rito es un acto o secuencia de actos simbólicos, altamente pautados, repetitivos en concordancia con determinadas circunstancias, en relación con las cuales adquiere un carácter que los participantes perciben como obligatorio y de la ejecución de los cuales se derivan consecuencias que total o parcialmente son también de orden simbólico, entendiendo en todos los casos simbólico como más bien expresivo y no explícitamente instrumental. El ritual configura una jerarquía de valores que afecta a las personas, los lugares, los momentos y los objetos que involucra y a los que dota de un valor singular. Una energía y un tiempo que pueden antojarse desmesurados en relación con el resultado empírico obtenido, son consagrados a unas acciones constantes en que las que ciertos símbolos son manipulados de una cierta manera y sólo de una cierta manera. Sea ocasional o periódico, el rito suma acciones, sentimientos, gestos, palabras y convicciones y los pone al servicio de la introducción de una prótesis de la realidad, añadido a la ya dado que resulta de conjuntar y coordinar las conductas de numerosas personas.

En el sentido indicado, las manifestaciones políticas son ritos. Manifestarse consiste en "concentrarse deliberadamente en un lugar público, preferiblemente un lugar que combine la visibilidad con la significación simbólica; mostrar tanto la pertenencia a una población políticamente significativa, como el apoyo a una postura mediante proclamas orales, palabras escritas u objetos simbólicos, y comunicar una cierta determinación colectiva por medio de una actuación disciplinada en un lugar o atravesando una serie de lugares. Los congregados que se manifiestan desfilan por las calles en nombre de una causa, de un sentimiento o de una idea con las que comulgan con la máxima vehemencia, del todo convencidos de que hacen lo necesario y que lo que hay que hacer hay que hacerlo con urgencia, pues constituye, en relación con una determinada circunstancia, una respuesta que "no puede esperar". Una manifestación es, por tanto, una forma militante de liturgia, lo que implica que su descripción y el análisis correspondiente no deberían apartarse de modelo que le prestan otras ritualizaciones itinerantes del espacio urbano por parte de una colectividad humana sobrevenida.


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